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Cabria interrogarse sobre
la licitud de referir a un espacio concreto, en este caso Madrid,
lo que acaece en el ámbito de la ciencia y la cultura,
por el mero hecho de que sus protagonistas residieran en la Villa
y Corte. De otra parte, el término cultura madrileña
se torna problemático a la hora de establecer su contenido
semántico. ¿Nos referimos con ello a las creaciones
que toman por objeto la recreación de los modos de vida,
las costumbres o el modo de ser de los madrileños?. Tal
como fue reflejado por el costumbrismo decimonónico, que
encontró su expresión más acabada en el casticismo
y en los arquetipos recreados por la zarzuela, hasta elevarlos
a la categoría de tópicos en cuyo espejo, más
o menos distorsionante, se refleja el carácter de los madrileños.
O bien, se trata de minusvalorar esta realidad, en función
del desagrado que nos producen unos estereotipos que nos remiten
a una degradada cultura de opereta, centrando nuestro foco de
interés en la alta cultura realizada en la capital. El
problema es complejo y nos confronta directamente con la dualidad
que atraviesa a Madrid de un extremo a otro a lo largo del siglo
XIX y primer tercio del XX, por el hecho de ser simultáneamente
Villa y Corte. Ciudad preindustrial dominada por el mundo de los
oficios y de los valores tradicionales de una nobleza que se resiste
a morir. Pero a la vez, capital del nuevo estado liberal y del
mundo de los negocios, cuya articulación convierte a Madrid
en el centro neurálgico de la Administración, la
política, la Bolsa y las instituciones culturales y científicas
del país, comenzando por la Universidad.
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